Nunca me había gustado cumplir años. Era una sensación de rechazo inevitable cada vez que se acercaba ese día. Como si cada cumpleaños fuese una pequeña obligación que alguien había decidido imponerme sin preguntarme si quería participar. De niño sí me gustaban; recuerdo las velas, los regalos envueltos en papel brillante y las manos de mi madre intentando sujetarme mientras yo trataba de apagarlo todo de una sola vez. Después dejaron de gustarme. A los treinta empecé a ignorarlos, a los treinta y cinco dejé de celebrarlos y a los treinta y ocho directamente dije que no quería saber nada de ellos.
Mi madre no lo entendía.
—Es un cumpleaños, Oliver.
—Ya.
—Todo el mundo cumple años.
—Yo no.
Se rio.
—No seas idiota.
Era una de esas cosas que decía cuando quería quitarle importancia a algo. No seas idiota. No pasa nada. Ya se te pasará. Mi madre siempre había tenido una respuesta para todo, o eso creía yo. El problema era que aquel año había algo distinto. Faltaban menos de dos meses para cumplir treinta y nueve y, cuanto más se acercaba la fecha, peor dormía. Al principio pensé que era casualidad, pero después dejé de pensarlo. No quería celebrar nada, ni que mi madre me llamara para preguntar qué quería hacer, ni tarta, ni regalos, ni que nadie pronunciara aquel número. Treinta y nueve. Me producía una incomodidad absurda.
La primera vez que lo pensé con claridad estaba en el supermercado comprando zumo de naranja, zanahoria y jengibre, el de siempre. Mientras esperaba en la cola, una mujer delante de mí hablaba con su hija, que llevaba una corona de cartón torcida y sostenía una bolsa de chucherías.
—¿Cuántos cumples mañana? —le preguntó.
—Nueve.
—¿Y qué quieres?
—Un caballo.
La madre se rio.
—¿Un caballo de verdad?
—Sí.
Me quedé mirándolas más tiempo del necesario. Nueve. La niña tenía nueve años. No sé por qué aquello me produjo una sensación desagradable y aparté la mirada. Justo en ese momento, en la pantalla del supermercado apareció un anuncio: “Cumple 39 con nosotros”. No recuerdo qué anunciaban, solo el número. Sentí un pequeño pinchazo detrás de los ojos, me llevé una mano a la frente y la imagen desapareció. Volví a mirar, pero ya no estaba; el anuncio había cambiado. Pensé que estaba cansado, un pensamiento que últimamente tenía con demasiada frecuencia. Cansancio, falta de sueño, estrés. Nada más. Eso era lo que me repetía. Nada más.
Aquella noche mi madre me escribió para preguntar si ya había pensado qué quería hacer por mi cumpleaños. Miré el mensaje y no contesté. A los pocos minutos llegó otro: “No me digas que nada”. Sonreí y escribí: “Nada”. Aparecieron los tres puntos habituales. “Pues algo haremos”. “Mamá”. “¿Qué?”. “No quiero celebrar nada”. Tardó un poco más en responder. “¿Por qué?”. Me quedé mirando la pantalla sin tener una respuesta clara. Porque no me gustaba cumplir años. Porque no quería cumplir treinta y nueve. Porque aquel número me hacía sentir que algo malo esperaba al otro lado, porque llevaba semanas soñando con una puerta que no recordaba haber visto jamás, porque cada vez dormía menos y, cuando cerraba los ojos, empezaba a escuchar cosas, porque había comenzado a olvidar pequeñas partes de mis días, o vete tú a saber.
Escribí: “No me apetece”.
Mi madre tardó unos segundos. “Ya se te pasará”.
Bloqueé el teléfono, aunque no me gustó leer aquella frase. Me quedé sentado en la cocina mirando la pantalla apagada. Ya se te pasará. No pasa nada. Todo está bien. Cerré los ojos y, durante un instante, escuché una voz muy cerca murmurando que todo iba bien. Abrí los ojos de golpe; la cocina estaba vacía. Me levanté tan rápido que la silla cayó hacia atrás y me quedé inmóvil, con el corazón golpeándome el pecho.
—¿Mamá?
Nadie respondió. Miré hacia el pasillo oscuro. La puerta del dormitorio estaba entreabierta, otra vez, como siempre entreabierta, y no recordaba haberla dejado así.
Me acerqué dando pasos que sonaban demasiado ruidosos. Cuando llegué al marco, tuve una sensación extraña que no era miedo, era como si empezara a recordar, como si hubiese estado allí hacía apenas unos segundos o como si alguien me hubiera acompañado. Apoyé una mano en la puerta; estaba fría. Entonces escuché un golpe seco y metálico que venía del otro lado. Me aparté de golpe y esperé. Nada. Volví a escuchar, esta vez más suave, como si algo hubiera caído sobre el suelo. Tragué saliva y abrí. No había nadie, solo la habitación con la cama, el armario y la ventana cerrada. Entré sin saber qué esperaba encontrar, quizá una explicación que justificara aquella sensación, y encendí la luz. Nada. Me senté en el borde de la cama y entonces lo vi: un objeto pequeño y oscuro casi oculto bajo la mesilla. Me agaché y lo recogí. Era una moneda que no era mía. La giré entre los dedos y, por un instante, tuve la imagen de una mano grande sosteniéndola mientras una voz masculina decía que no pasaba nada. La solté, cayó al suelo y me quedé mirándola sin saber de dónde había salido ni por qué aquella voz me resultaba tan familiar.
Sobre todo, no sabía por qué estaba pensando en mi padre. Mi padre llevaba mucho tiempo fuera de mi vida, o al menos eso era lo que yo decía. No muerto, no desaparecido, simplemente “fuera”. Era una palabra sencilla que no exigía hacer demasiadas preguntas ni explicar nada, un sitio donde dejar las cosas para que no molestasen. Mi padre estaba fuera, mi madre estaba aquí, yo estaba aquí. Todo estaba bien. No pasa nada. Me quedé mirando la moneda varios minutos antes de guardarla en el bolsillo sin saber por qué.
Me dormí a las cuatro y veinte, o eso creo, porque a las cuatro y veintisiete ya estaba despierto, y a las cuatro y treinta y uno también, hasta que a las cuatro y cuarenta y dos cerré los ojos y soñé. Estaba en un pasillo de paredes demasiado estrechas y techo muy bajo. Al final había una puerta de madera oscura, la misma que había visto tantas veces, con una pequeña marca cerca del suelo. Sabía que había algo detrás y que tenía que abrirla. Caminé tres pasos y algo sonó a mi espalda; me giré, pero no había nada. Volví a mirar la puerta, que ahora estaba más cerca, y extendí la mano. Entonces escuché una voz llamándome.
—Oliver.
Me detuve. No era la voz de mi madre, era la de mi padre.
Me desperté incorporándome en la cama, respirando demasiado rápido y en una habitación donde no había nadie. Miré el reloj: las cinco y doce. Me llevé las manos a la cara.
—No pasa nada —dije en voz alta, necesitando escuchar las palabras—. Todo está bien.
Durante unos segundos funcionó, hasta que me di cuenta de algo: no sabía por qué había dicho exactamente esas frases.
Al día siguiente llamé a mi madre, quizás porque necesitaba escuchar una voz conocida o comprobar que estaba bien. Tardó cuatro tonos en contestar.
—Hola, cariño —dijo, y sentí un alivio extraño, casi infantil.
—Hola, mamá. ¿Cómo estás?
Miré por la ventana hacia el cielo gris.
—Bien.
—No duermes —señaló sin preguntar.
—Sí duermo.
—Oliver.
Suspiré.
—Un poco.
—Te dije que deberías descansar más.
—Ya.
—¿Sigues con lo de la terapia?
Me quedé callado.
—Sí.
—¿Y qué te ha dicho?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Que tengo que dormir.
Se rio suavemente.
—Pues mira qué descubrimiento.
Sonreí y, tras unos segundos de silencio, pregunté:
—Mamá.
—¿Sí?
—¿Papá tenía problemas para dormir?
El silencio fue muy breve, probablemente menos de un segundo, pero lo noté.
—¿Por qué preguntas eso?
—No sé.
—Tu padre dormía perfectamente.
La respuesta fue demasiado rápida.
—¿Seguro?
—Sí.
Otra pausa.
—¿Por qué?
Miré la moneda que había dejado sobre la mesa.
—Me acordé de él.
Mi madre suspiró.
—No pienses en esas cosas.
—¿Qué cosas?
—En el pasado.
—Solo te he preguntado por él.
—Ya.
Otra vez aquella palabra, como si pudiera cerrar una conversación o hacer que las cosas dejaran de existir por dejar de nombrarlas.

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