(INSOMNE) Capítulo 8: El colapso

No sé cuánto tiempo permanecí allí después de decirlo. El hombre seguía mirándome, pero había dejado de parecer un expositor; durante unos segundos tuve…

(INSOMNE) Capítulo 8: El colapso

No sé cuánto tiempo permanecí allí después de decirlo. El hombre seguía mirándome, pero había dejado de parecer un expositor; durante unos segundos tuve la sensación de estar frente a alguien que me conocía desde hacía mucho tiempo y que estaba esperando que yo recordara algo que él ya sabía.

—Yo soy ese niño.

Lo repetí mentalmente, aunque no volví a decirlo en voz alta. La frase no encajaba con nada y, al mismo tiempo, parecía encajarlo todo. Salí de la exposición sin despedirme, sin recordar haber atravesado la puerta ni haber hecho el camino hasta casa.

Lo primero que retuvo mi memoria después fue estar sentado en el coche, con las manos apoyadas sobre el volante y el motor apagado. Miré la hora del salpicadero: las cuatro y diecisiete. Me pareció extraño, ya que había salido de la exposición poco después de las seis. Durante unos segundos pensé que el reloj estaba estropeado, pero comprobé el teléfono y marcaba exactamente lo mismo. No eran las cuatro de la tarde, sino las cuatro y diecisiete de la madrugada. No entendí cómo había pasado tanto tiempo, y al intentar recordar dónde había estado, solo aparecieron imágenes sueltas: una calle, una puerta azul, el escaparate de una tienda cerrada, la mano de alguien apoyada sobre mi hombro. No sabía si alguna de aquellas cosas había ocurrido.

Encendí el coche y conduje a casa sintiendo durante todo el trayecto que alguien iba sentado en el asiento trasero. No quise mirar. Me repetí que estaba cansado, que eso era todo.

Yo no había preparado el café, pero tampoco podía asegurar que no lo hubiera hecho. Cosas normales y explicables.

Al llegar dejé las llaves sobre la entrada y fui directamente a la cocina. Había una taza sobre la encimera que no era mía. La cogí: estaba caliente. Me quedé inmóvil, mirando alrededor en una casa que supuestamente estaba vacía. La dejé exactamente donde la había encontrado. Aquella noche no dormí, y a la mañana siguiente la taza apareció dentro del armario sin que recordara haberla guardado. Durante un rato pensé que quizá lo había hecho yo medio dormido, pero después dejé de pensar en ello, igual que empecé a hacerlo con muchas otras cosas. Dejé de confiar en mi memoria, el problema era que mi memoria había sido, hasta entonces, lo único que tenía.

Durante los días siguientes empecé a perder pequeños fragmentos de tiempo. Nada dramático, apenas unos minutos: entraba en una habitación y no recordaba para qué, o abría una página en el ordenador y, al levantar la vista, habían pasado veinte minutos. Una tarde me descubrí frente al espejo del baño con el grifo abierto sin recordar haberlo accionado. Me miré y vi unas ojeras profundas, la piel pálida, como si fuera otra persona. Me acerqué al cristal y pregunté en voz baja cuánto llevaba sin dormir. La respuesta llegó desde la habitación vacía, una voz que decía “tres días” con mi propio timbre. Me giré comprobando que no había nadie, y aunque me repetí que la voz tenía que haber sido mía, la explicación dejó de convencerme muy pronto.

Una noche escuché a alguien caminar por el pasillo. Tres pasos, pausa, dos pasos más. Me incorporé en la cama y esperé. Volvieron a sonar, esta vez más cerca.

—¿Mamá?

No sé por qué dije aquella palabra, quizá porque llevaba días pensando en ella o porque en algún rincón de mi cabeza regresaba una habitación olvidada. No hubo respuesta hasta que escuché una voz de mujer, un susurro muy bajo pronunciando mi nombre:

—Oliver.

Sentí que se me helaba el cuerpo. No encendí la luz ni salí de la cama, me quedé escuchando mi propia respiración hasta que el silencio volvió. A la mañana siguiente no sabía si todo aquello había ocurrido, pero encontré la puerta de mi dormitorio abierta, cuando yo siempre dormía con ella cerrada. Empecé a tener miedo de dormir, y empecé a tener miedo de no dormir.

Una tarde, mientras caminaba por la calle, vi a un niño de unos seis años parado frente a un escaparate, con una chaqueta azul. Me detuve y él también lo hizo, mirándome con una familiaridad extraña antes de levantar una moneda entre los dedos. Sentí un golpe seco en el pecho y, al parpadear, el niño había desaparecido por completo sin dejar rastro en una calle donde los coches seguían pasando con normalidad. Me acerqué al escaparate y solo vi mi reflejo, acompañado durante un instante por la figura de un hombre situado detrás de mí. Al girarme no había nadie, pero al volver la vista al cristal comprendí lo que de verdad me aterrorizaba: el hombre del reflejo se parecía demasiado a mí. Me marché de allí de inmediato.

Aquella noche saqué la moneda del bolsillo y la dejé sobre la mesilla. No quería llevarla conmigo, pero necesitaba comprobar que seguía allí. Me acosté, cerré los ojos y, por primera vez en varios días, me dormí casi de inmediato. No recuerdo haber soñado, pero lo siguiente que vino a mi mente fue estar de pie en la cocina, descalzo y a oscuras, con la moneda en la mano. Escuché una voz a mi espalda advirtiéndome que no debiste traerla. Al girarme vi a mi madre al fondo, sin dejarme ver bien la cara, señalando mi mano y asegurando que aquella moneda no era mía. Abrí los dedos y la cayó al suelo con un ruido metálico que retumbó en toda la casa.

Me desperté de golpe en la cama, respirando con dificultad. Miré la mesilla y la moneda estaba ahí. Ya no sabía si había soñado la conversación, si había hablado durmiendo o si me había levantado en la oscuridad. Por primera vez admití lo que tanto temía: el problema no era que estuviera empezando a recordar, sino que ya no sabía diferenciar lo real de lo inventado. Miré el reloj, marcaba las tres y doce. Cerré los ojos y esperé. Desde el pasillo llegó de nuevo el ruido de tres pasos, la pausa, y los dos pasos finales. Esta vez no dije nada, porque ya sabía perfectamente lo que iba a escuchar antes de que la voz de mi madre volviera a llamarme, dejándome en la duda de si deseaba que se callara o que siguiera hablando.

colapso

© 2026 Lourdes García Morán. Todos los derechos reservados.
Insomne es una obra de ficción original. Queda prohibida la reproducción, distribución o transformación de este texto, total o parcialmente, sin autorización expresa de la autora.

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