No sé cuánto tiempo llevaba despierto cuando decidí volver al terapeuta.
Quizá fueron horas. Quizá días. A esas alturas había dejado de confiar en las medidas que utilizaba para ordenar mi vida. Las noches podían durar diez minutos y las mañanas podían desaparecer por completo. A veces miraba el reloj y tenía la sensación de que acababa de verlo cambiar de hora sin haber pasado por ninguno de los minutos intermedios.
Llegué a la consulta sin recordar exactamente haber decidido ir. El terapeuta abrió la puerta y se quedó mirándome unos segundos antes de apartarse para dejarme pasar.
—Estás muy pálido.
No respondí. Me senté. Durante un rato ninguno de los dos dijo nada.
—¿Has estado durmiendo?
Negué con la cabeza. —No lo sé.
Él no corrigió la respuesta. —¿Sigues teniendo esas experiencias?
Miré hacia la ventana. —Ya no sé qué son experiencias.
—Eso es distinto — Dijo, un tanto preocupado.
—¿Por qué?
—Porque antes me contabas lo que veías. Ahora me estás diciendo que no sabes si lo que ves ocurre.
Me quedé callado. Había algo tranquilizador en que él no intentara explicarlo.
—Mi madre me habla.
El terapeuta no cambió de expresión. —¿La ves?
—A veces.
—¿Y otras veces la escuchas?
Asentí.
—¿Qué te dice?
Pensé en la cocina. En la moneda. Inmediatamente recordé la voz.
—Que no debí traerla.
—¿La moneda?
Asentí.
—¿Dónde está ahora?
Metí la mano en el bolsillo. La saqué. La dejé sobre la mesa. El terapeuta la observó con atención. — ¿De dónde la sacaste?
—La encontré.
—Eso ya me lo dijiste.
Lo miré extrañado. —¿Cuándo?
—La primera vez que viniste.
No dije nada. Él abrió uno de los cajones de la mesa y sacó una pequeña tarjeta. La reconocí enseguida. Era la suya.
—¿Sabes por qué viniste a verme?
—Porque mi madre me habló de ti.
El terapeuta negó despacio. —No.
—Sí.
—No conocía a tu madre, Oliver.
Sentí un frío repentino recorriéndome la espalda. —Entonces, ¿por qué estoy aquí?
Él dejó la tarjeta sobre la madera. —Porque tú me llamaste.
—¿Yo?
—Tú.
—No recuerdo haberte llamado.
—Ya lo sé. Encontré esta tarjeta en tu nevera cuando vine a tu casa.
Lo miré sin comprender del todo. —¿Mi nevera?
—La tenías sujeta con un imán. Me dijiste que la habías encontrado allí.
—No recuerdo eso.
—También me dijiste que no sabías por qué la habías guardado.
Sentí que el estómago se me encogía. —¿Cuándo fue?”
—Antes de nuestra primera sesión.
—¿Y tú no conocías a mi madre?
—No.
—¿Ni a nadie de su peluquería?
—No.
Me quedé mirando la tarjeta sobre la mesa. Durante unos segundos tuve la sensación de que algo estaba intentando abrirse paso dentro de mi cabeza. Una imagen. No era un recuerdo. Todavía no. Era una habitación. Una cocina. Una mujer de espaldas. Un niño sentado en el suelo.
Parpadeé con fuerza. La imagen desapareció.
—¿Qué pasa? — preguntó él.
—Nada.
Pero no era verdad. La imagen volvió, esta vez mucho más nítida. Mi madre estaba de pie junto a la mesa. Yo era pequeño, mucho más pequeño de lo que había imaginado. Había algo roto en el suelo, una taza triturada en varios pedazos. Mi madre hablaba conmigo. No podía escuchar las palabras exactas, solo veía su cara. Estaba enfadada, o tal vez cansada. Quizá las dos cosas a la vez.
Entonces apareció mi padre. La puerta se abrió con violencia. Mi madre se giró de golpe y empezaron a discutir. No recuerdo qué decían, solo que mi padre parecía completamente agotado. Tenía los ojos hundidos, la respiración acelerada, y algo en su manera de mirar me produjo terror.
La imagen se desvaneció. Abrí los ojos. El terapeuta seguía delante de mí. —¿Qué has visto?
Me llevé las manos a la cara. —A mi madre.
—¿Qué estaba haciendo?
—Discutiendo.
—¿Con quién?
—Con mi padre.
Esperó un instante. —¿Y tú dónde estabas?
—Allí.
No dije nada más. La siguiente imagen llegó sin avisar. Mi madre, mi padre, la puerta, yo. Y después una cosa que mi mente todavía no consigue ordenar. Mi madre estaba en el suelo. Había sangre, mucha sangre. O quizá no era sangre, quizá era una sombra, o una mancha oscura en la ropa. Quizá mi cabeza había decidido poner sangre allí porque necesitaba que aquello tuviera algún sentido trágico.
Mi padre gritaba. No sé qué gritaba exactamente. Creo que me hablaba a mí, creo que me decía que me apartara, que ella podía hacerme daño. Pero no estoy seguro de nada. Nada de aquello tiene sonido en mi cabeza. Solo veo su cara, su expresión desbordada por el miedo y la confusión. Y entonces mi padre levantó el arma.
El terapeuta dijo mi nombre. No lo escuché. Solo escuché el estampido del disparo, un sonido seco que lo cortó todo. Después, un silencio absoluto. Mi padre desapareció de la habitación. No sé cuánto tiempo pasó, si segundos o minutos. Luego volvió, se agachó delante de mí, me puso las manos sobre los hombros y me miró fijo. Yo estaba llorando. Él también.
—Todo está bien.
Me faltaba el aire. —No pasa nada.
Me acarició la cabeza con torpeza. —¿Me oyes? Todo está bien.
Quise preguntarle por mamá, pero no pude emitir ningún sonido. Entonces escuché otro ruido, tal vez una puerta, tal vez un golpe o el eco del arma. Solo recuerdo que mi padre se levantó, caminó hacia la otra habitación y escuché una ventana abrirse de par en par. El recuerdo terminó ahí mismo.
Abrí los ojos. El terapeuta seguía sentado frente a mí, completamente inmóvil. Me di cuenta de que las lágrimas me recorrían las mejillas. —¿Qué pasó después? — preguntó con suavidad.
Negué con la cabeza. —No lo sé.
—No tienes que saberlo todo ahora.
Bajé la vista hacia la moneda sobre la mesa. —Mi padre la mató.
El terapeuta guardó silencio unos segundos antes de responder.
No sé si realmente quiso matarla. Durante años había pensado que sí. Ahora ya no sabía qué parte de aquella escena pertenecía a lo que ocurrió y cuál a lo que mi padre creyó que estaba ocurriendo.
Miré fijamente al suelo. —Creo que él tenía miedo.
—¿De qué?
No contesté. Porque en ese preciso instante entendí algo fundamental. Durante treinta años había cargado con la idea de que el miedo había sido mío. Pero quizá no. Quizá aquel miedo asfixiante había sido suyo. Quizá mi padre llevaba semanas sin dormir, quizá estaba demasiado hipervigilante, quizá mi madre estaba siendo demasiado dura, o su relación era insostenible. Quizá él creyó de verdad que estaba intentando protegerme de algo inevitable, o quizá solo necesitó creerlo para poder seguir viviendo. Ya no podía saberlo con certeza. Y probablemente nunca lo sabría.
—¿Qué pasó con mi padre? — pregunté con un hilo de voz.
El terapeuta me miró sin apartar los ojos. —¿Qué es lo último que recuerdas?
Cerré los ojos de nuevo. La ventana abierta, el aire helado de la calle moviendo la cortina, y esa sensación extraña, como si alguien estuviera a punto de desvanecerse en el aire.
—Nada más.
Abrí los ojos. La moneda continuaba sobre la mesa.
—Solo recuerdo que me dijo que todo estaba bien.
El terapeuta asintió despacio. Y en ese momento comprendí por qué aquella frase había regresado tantas veces a mis pesadillas a lo largo de los años. No era mi madre quien me estaba llamando desde el pasillo. Era él. Era mi padre. Y durante tres décadas, una parte rota de mí se había quedado esperando que aquella promesa acabara siendo cierta.

© 2026 Lourdes García Morán. Todos los derechos reservados.
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