Salí de la consulta sin despedirme ni agendar otra cita. No recuerdo las últimas palabras que cruzamos el terapeuta y yo, solo que nos dimos la mano. Al salir a la calle, el calor me golpeó de frente. Me quedé unos segundos de pie en el portal, aturdido, hasta que recordé por qué estaba allí. La pesadilla, la puerta, mi madre y la terapia se mezclaban en mi cabeza como un nudo imposible de deshacer.
Saqué el teléfono y vi un mensaje suyo preguntando qué tal me había ido. Lo miré en la pantalla unos segundos antes de teclear un simple “bien”. Ella, que siempre necesitaba saberlo todo, insistió en sacar información. Sonreí con cierta resignación y le contesté que estaba cansado. Aparecieron los tres puntos suspensivos, desaparecieron y volvieron a aparecer hasta que llegó su veredicto: “Ya te lo decía yo”. Mi madre tenía esa extraña capacidad de reducir cualquier problema a una frase y, de alguna manera, hacerlo parecer sencillo.
Seguí caminando sin rumbo fijo. Por un momento sentí que volvía a casa, pero mis pies me llevaron hasta una esquina desconocida donde me detuve frente a un edificio antiguo de tres plantas. Su fachada amarillenta se había oscurecido con los años. Al mirar la puerta de madera de la entrada, sentí una familiaridad extraña, como esa canción que conoces, pero no logras recordar. Me acerqué, pero decidí que no era mi puerta y di media vuelta.
Llegué a casa cerca de las dos. Sin hambre, me preparé el zumo de siempre con naranja, zanahoria y jengibre. Me senté en la cocina mirando por la ventana, intentando atrapar la conversación con el terapeuta. El problema de la puerta no era el misterio, sino que yo sabía perfectamente lo que había detrás mientras dormía. Esa certeza simplemente se borraba antes de abrir los ojos.
Apoyé la frente sobre la mesa, completamente agotado, y cerré los ojos solo un instante. Entonces la vi. No sabía dónde estaba, solo que había una habitación, una pared, una puerta y alguien frente a mí sin rostro. La palabra “mamá” salió de mi boca sin que yo quisiera decirla. Nadie respondió. Di un paso, el suelo crujió y un ruido metálico me despertó de golpe.
Mi cocina. El vaso intacto delante de mí. Eran las tres y diecisiete de la madrugada. Me levanté con el cuello rígido y un dolor sordo detrás de los ojos. Al ir hacia el baño, me detuve en el pasillo. La puerta del dormitorio estaba entreabierta y, por un segundo, tuve la certeza absoluta de que ya había estado esperando ahí antes. No era una imagen, sino el recuerdo de una voz de hombre repitiendo que todo estaba bien y que no pasaba nada. Me quedé quieto en la oscuridad, recordando que esa frase nunca me había tranquilizado, por mucho que yo la repitiera en mi mente.
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