En unos diez minutos entro en la consulta del terapeuta. Es una eminencia en los trastornos de sueño. Ya le dije a mi madre que no tengo ningún trastorno, pero ella insiste en que debe verme alguien para quitarme esta angustia que no me deja dormir. Y vuelvo a explicarle que yo duermo. El problema es que la pesadilla me despierta y ya no puedo volver a cerrar los ojos.
Si todo va bien y he tenido suerte, me alcanza al amanecer. Si no, me quedo despierto desde la una de la madrugada.
—Ya verás como pronto se soluciona tu enfermedad— Me dice.
Tengo la sensación de que a veces no me escucha.
—No es una enfermedad, es una etapa. Estaré bien. Te dejo, que entro.
Mi madre es una mujer hecha a sí misma. Nunca la he visto venirse abajo. Todo lo contrario. Ha sido siempre tan fuerte que, a mí, como hombre, me ha generado un conflicto. Me parece una maravilla que sea tan resiliente, pero desde que recuerdo hemos estado los dos solos contra todo y no me ha necesitado nunca. Ni siquiera para abrir un bote de mermelada. He estado rodeado de tantos “cabezas de familia”, que al no tener uno en la nuestra supuse que me tocaría a mí serlo. Pero no, nunca me ha dejado asumir ese rol. Y, siendo sinceros, me ha ido bien.
El problema está en que cuando le explico las cosas, salta el ser humano resolutivo. Ella sabe perfectamente lo que me sucede y a dónde tengo que ir a solucionarlo. Así con todo, desde que tengo memoria.
—Hijo mío, te ahogas en un vaso de agua y parece que te guste.
—No, no me gusta. Solo estoy cansado— Le respondí.
—Cansado. ¿Cansado de qué?— Replicó ella con su tono de soberana de la familia.
—Cansado. Simplemente.
—Ya sabes que no pasa nada, todo está bien— Su frase estrella.
—Mamá, en serio. Entro.
—Oliver García, adelante— Dijo con voz chillona la amable secretaria.
—Voy, gracias.
El despacho era la típica consulta cinematográfica donde esperas ver al terapeuta sentado con una libreta. Lo tenía absolutamente todo. Una estantería repleta de libros con lomos de colores, diplomas enmarcados, y una planta enorme en una esquina que parecía llevar allí más años que él. La luz que entraba por el ventanal era demasiado perfecta para ser real. Bajo la mesa de centro descansaba una alfombra persa, justo entre dos sillones enfrentados. Sobre la mesa había una caja de pañuelos, agua y dos vasos. Hasta colgaba un cuadro abstracto en la pared, puesto ahí específicamente para que alguien pudiera interpretar algo. Todo olía a madera y café. Era exactamente el tipo de sitio que había visto cientos de veces en películas y que nunca imaginé pisar.
En el sillón de cuero negro estaba sentado un hombre fornido de unos cincuenta años. No le conocía de nada, pero resulta que Antonia, la madre de la peluquera de mi madre, dijo que este hombre hacía milagros con el insomnio. Y mi madre, obviamente, me trajo hasta aquí.
Intento pensar en mi último año. Sinceramente, no recuerdo ningún conflicto. Soy un tipo demasiado tranquilo. No me meto en problemas, no tengo redes sociales, gasto lo justo para vivir y viajo bastante. Hace poco estuve en Bután. Me pasé dos semanas recorriendo el país, subiendo montañas y hablando con gente cuyo idioma no entendía. Me gustó precisamente por eso. Nadie sabía quién era yo. Durante unos días, me pareció una forma bastante cómoda de existir.
—Oliver, ¿estás contento con tu vida?— Qué directo.
—¿Perdona?
—Sí, que si estás contento con tu vida.
—En general, sí.
—¿Puedes acotar un poco ese ‘en general’?.
—Pues… Sí, estoy contento. El problema es que llevo una semana sin dormir del tirón. Y la pesadilla me tiene un poco desconcertado.
—¿La pesadilla?”— Frunce el ceño.
—Sí, la pesadilla. Todos tenemos pesadillas.
—Sí, todos tenemos pesadillas. Pero tú has dicho ‘la’, en singular. Y eso vale la pena que lo explicites.
No quiero explicitar nada. Solo quiero irme a casa.
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Insomne es una obra de ficción original. Queda prohibida la reproducción, distribución o transformación de este texto, total o parcialmente, sin autorización expresa de la autora.