Todo empezó con una pesadilla. No recuerdo si comí pesado, si dormí mal o si discutí con alguien. Intento cuidar mis rutinas porque siempre me ha importado estar tranquilo.
Llegar a ese punto de bienestar me tomó años, y este último lo he pasado protegiéndolo a toda costa. Cuando digo a toda costa, hablo en serio: cambié de amigos, me distancié de la mitad de mi familia, dejé el trabajo y abandoné las aficiones que más disfrutaba. Hoy apenas son un recuerdo vago.
Por suerte acumulé una pequeña fortuna que me permitió tomarme este año sabático para hacer lo que más quería: estar completamente solo. Leo, escucho música, salgo a correr y me preparo zumos de colores raros. Me mantengo sano, con buenas constantes vitales e incluso con algo de vida social. Digamos que tengo una buena vida.
Pero la pesadilla lo cambió todo. Y me paso los días intentando entender por qué me sucede esto. Son las 3:30 de la mañana y no consigo volver a dormirme. Es la tercera noche seguida igual. La pesadilla, que cada vez es más larga, termina siempre con un ruido metálico que me sobresalta y me hace caer de la cama. Visto desde fuera tendría gracia, pero no la tiene.
Entre que las pesadillas van a más y el insomnio me tiene alerta, nadie me visita de noche. Se está volviendo complicado. Y antes he dicho que lo que más quería era estar completamente solo, pero ahora no lo tengo tan claro.
Aun así, sigo con mi rutina diaria pensando que en algún momento todo mejorará. Intento recordar lo que me decía mi madre cuando acudía a ella llorando: “Todo está bien, no pasa nada”. Esa frase me persigue desde siempre, y es el único salvavidas al que me agarro para no volverme loco.

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