¿Y si nos ponemos en lo mejor?

Cuando nos dan una noticia dolorosa, se nos pasan por delante miles de escenarios. La mayoría de ellos se ponen en lo peor, incluso antes de saber lo que…

¿Y si nos ponemos en lo mejor?

Cuando nos dan una noticia dolorosa, se nos pasan por delante miles de escenarios. La mayoría de ellos se ponen en lo peor, incluso antes de saber lo que está por llegar. Es completamente humano: cuando quieres a alguien, verle sufrir te supera de una manera inimaginable. Ese dolor, en el fondo, es pura empatía; eres capaz de pensar como la otra persona en esos múltiples futuros. La gran diferencia está en que tú no lo estás viviendo en tu piel, pero sí lo estás sintiendo.

Es ahí donde aparece nuestra responsabilidad: asumir ese dolor y transformarlo en algo mucho más valioso y positivo. Puedes convertirte en ese punto de apoyo, en esa luz para la persona a la que le tocará pasar por un proceso largo y, seguramente, doloroso.

Generalmente asociamos el duelo con la muerte, pero el duelo es, en realidad, el proceso de adaptarse a una pérdida. Y muchas pérdidas ocurren en vida. Transitar un duelo cuando la historia todavía no ha acabado no significa rendirse por anticipado. Es, simplemente, realizar el proceso mental necesario para quedarnos libres de juicios, dejar de pensar en lo peor, rescatar ese punto optimista de la vida y poder proporcionar a nuestro ser querido el empujón que necesita para estar mejor.

Cuando el futuro se vuelve incierto o amenazante, nuestra empatía y nuestra imaginación viajan hacia adelante para intentar “prepararse” para el peor escenario. El duelo anticipatorio no significa falta de fe o de esperanza; es la respuesta natural de un corazón empático ante la vulnerabilidad de alguien a quien ama.

Además, esto no solo ocurre con una enfermedad. También puede darse ante la noticia de que tu mejor amigo se muda de ciudad por un tiempo indeterminado, por una mudanza propia o por un cambio de trabajo. El duelo en vida se puede transitar desde muchas perspectivas.

El verdadero desafío surge cuando una situación nueva actúa como un detonante que nos obliga a mirar por el “espejo retrovisor” hacia dolores pasados, reabriendo heridas que creíamos cerradas. Al ser personas muy empáticas, absorbemos el dolor ajeno como una esponja. Por eso, el reto está en aprender a acompañar sin fusionarnos con el sufrimiento del otro, entendiendo que su historia actual no es una repetición exacta de nuestro pasado.

Para transitar este camino de la mejor manera posible, podemos apoyarnos en algunos pilares importantes:

  • Validar la emoción: No te castigues por sentir miedo o tristeza. Llorar por lo que temes perder es completamente válido.

  • Anclarse en el presente: Mientras la mente viaja a un futuro catastrófico, el cuerpo permanece en el presente. Centrarse en el “aquí y ahora” nos ayuda a disfrutar de esa persona hoy, que es cuando más nos necesita.

  • Transformar el miedo en presencia: En lugar de dejar que la empatía nos paralice en el dolor, podemos usarla como motor para llamar, escuchar, abrazar o, simplemente, estar.

A veces la vida nos da sustos que terminan bien. Las tormentas pasan, y transitar el miedo no nos hace débiles, sino profundamente humanos. Aprender a vivir el duelo en vida no es rendirse antes de tiempo; es abrazar nuestra vulnerabilidad para poder amar de forma más consciente, sabiendo que el presente es el único lugar donde podemos sostenernos los unos a los otros.

Si esto te resonó, hay más.

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