Hay algo hipnótico en la imagen de una luna llena emergiendo entre las nubes. El cine ha usado esta figura con frecuencia: la noche plateada, el silencio, las sombras largas y la transformación del hombre lobo. La luna funciona en pantalla como detonante del caos, la excusa para explicar que algo incontrolable despierta en el ser humano.
Esta costumbre de culpar al satélite se apoya en tres factores acumulados durante siglos:
Antes de la electricidad, la luna llena era la única luz potente en la noche. Esa claridad llevaba a trasnochar. Al dormir menos, el cansancio provocaba irritabilidad o malestar emocional. La causa era el insomnio ambiental, no el magnetismo.
Por otro lado, opera el sesgo de confirmación. Buscamos patrones donde no existen. Si pasamos una noche rara y vemos la luna llena, asociamos ambos hechos. Si la noche es igual de rara pero no hay luna, olvidamos la coincidencia al día siguiente.
Por último, está el folclore. La palabra “lunático” no apareció por azar. Durante siglos hemos proyectado en el cielo lo que no sabíamos explicar en la tierra. Culpar a la luna es una forma sencilla de nombrar la fragilidad humana.
Si mueve océanos, ¿por qué no a nosotros?
Es una duda lógica: si la gravedad lunar mueve miles de millones de toneladas de agua y el cuerpo humano supera el 60% de agua, tendría sentido que nos afectara.
La respuesta está en la escala. Para que la gravedad mueva un líquido se necesita una masa enorme repartida en miles de kilómetros. En una persona de metro y medio o dos metros, la diferencia de atracción entre la cabeza y los pies no se nota. Un libro sostenido en las manos atrae los fluidos del cuerpo con más fuerza que la luna.
Durante un eclipse, el Sol, la Luna y la Tierra se alinean y suman fuerzas, lo que genera mareas más altas en los mares. Sin embargo, el efecto sobre el cuerpo sigue siendo mínimo. Si en un eclipse sientes cambios de energía o malestar, los motivos son biológicos y ambientales:
La falta repentina de luz solar altera los ritmos circadianos y la producción de melatonina y cortisol. Además, un eclipse suele provocar caídas rápidas de temperatura y cambios en la presión atmosférica. Quienes tienen sensibilidad al tiempo responden con fatiga, irascibilidad o dolor de cabeza. A esto se suma el impacto psicológico: ver un cambio inusual en el cielo genera alerta y hace que la mente se sienta extraña.
La excepción en la penumbra: El estudio de Thomas Wehr (2018)
Aunque la ciencia descarta que la luna afecte a la salud mental de la población general, un estudio abrió una vía distinta en 2018.
El psiquiatra Thomas Wehr, del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, analizó durante años a pacientes con Trastorno Bipolar de ciclado rápido, una variante donde las fases de manía y depresión cambian con frecuencia.
Wehr vio que los cambios de estado de ánimo no eran aleatorios en algunos pacientes: sus giros emocionales coincidían con los ciclos de marea gravitacional de la luna, cada 14,8 días aproximadamente. Planteó que estas variaciones gravitacionales leves podrían influir en el reloj biológico de personas vulnerables, alterando el sueño y desencadenando la fase maníaca.
Esto no significa que la luna cause bipolaridad ni que afecte a la gente en general. Es un fenómeno específico en un grupo reducido y un misterio biológico por resolver, no una regla.
La luna sigue siendo un espejo donde reflejamos nuestras emociones. Y esto nos empuja a seguir buscando en el cielo la explicación a lo que sentimos. Desafortunadamente, nos toca seguir viendo sus efectos en la ficción.
Un poco de bibliografía:
- Carter, A. (2017). La cámara sangrienta y otros cuentos. Sexto Piso. (Trabajo original publicado en 1979).
- Hesse, H. (2015). El lobo estepario. Alianza Editorial. (Trabajo original publicado en 1927).
- King, S. (2021). El resplandor. DeBolsillo. (Trabajo original publicado en 1977).
- Shelley, M. (2013). Frankenstein o el moderno Prometeo. Alianza Editorial. (Trabajo original publicado en 1818).
- Stevenson, R. L. (2015). El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Alianza Editorial. (Trabajo original publicado en 1886).
