Había algo que no me atrevía a explicarle a mi marido. Algo inofensivo en apariencia, pero que por dentro me estaba comiendo viva. Tuve que colapsar por otro motivo para entender una verdad dolorosa: si no deshago nudos, no puedo avanzar.
Es curioso cómo aquello a lo que le quitas importancia acaba moviéndolo todo. Arrasa como un vendaval caribeño, se lleva tu paz y te empuja hacia conductas problema dificilísimas de gestionar. Es vital soltar esas cosas que, aunque parezcan pequeñas, son el combustible de la ansiedad.
En mi propio proceso, intenté la táctica de la contención. Quise ser menos intensa, menos expresiva, menos “pesada”. Pero esa es mi forma de ser. Intentar apagarla es, probablemente, la tarea más titánica de todas.
Habrá gente a la que le baste con una charla breve para seguir adelante. Yo no soy de esas. Tengo la necesidad vital de verbalizar todo lo que pasa por mi cabeza, aunque eso implique mantener tres conversaciones paralelas con la misma persona. Es uno de los hándicaps de un cerebro neurodivergente.
¿Por qué intenté cambiar algo tan intrínseco? Supongo que porque hay días en los que no me aguanto ni yo, así que imagino lo que debe ser para el resto. Y vuelvo a caer en la trampa: callar no por mí, sino porque “me sabe mal causar molestia”. A veces necesitamos que el otro nos escuche para que nos dé su opinión, una pauta, o simplemente para que se quede en silencio. (Aunque claro, luego toca preguntarnos: ¿estamos nosotros dispuestos a sostenerles a ellos también?).
Y sí, como puedes ver, ya me he ido por las ramas. Pero todo está conectado.
A veces siento que este proceso no va a acabar jamás. Es un camino demasiado largo, demasiado pesado, oscuro y con miles de letreros contradictorios a ambos lados de la carretera. ¡Qué complicación!
Y ahora pensarás: ¿Por qué se come tanto el coco? Sencillamente porque sale solo. No es que un día me despierte y diga: “Venga, hoy voy a ser súper intensa porque me ha ocurrido esto y tengo que contárselo a todo el mundo”. No. Me despierto, simplemente, esperando no colapsar.
Hoy es un día malo. Seguramente por todo lo que se me viene encima estas próximas tres semanas. Pero confío. Confío en la red de mis terapeutas y en mis propias ganas de seguir adelante. Porque incluso en ese camino agotador y lleno de carteles, soy capaz de ver una luz en el horizonte.
Y hacia allí me dirijo.

Preguntas frecuentes
- ¿Qué pasa si reprimo mis emociones?
- Lo que callamos no desaparece: tiende a manifestarse en el cuerpo o en conductas difíciles de gestionar. Nombrar las emociones es el primer paso para regularlas y soltar la presión acumulada.
- ¿Por qué me cuesta tanto expresar lo que siento?
- A menudo callamos para no molestar o para parecer menos intensos. Pero intentar apagar una forma de ser intrínseca suele ser más agotador que encontrar el espacio y el momento adecuados para expresarse.
- ¿Cómo afecta guardarse las emociones a la relación de pareja?
- Los nudos emocionales no resueltos se acumulan y pueden desbordar por otro motivo. Compartir lo que ocurre por dentro, aunque parezca pequeño, refuerza la confianza y evita que la ansiedad crezca en silencio.
- ¿Es malo necesitar verbalizar mucho lo que sientes?
- No. Para muchas personas, especialmente con cerebros neurodivergentes, verbalizar es una necesidad real, no un capricho. El problema no es la intensidad, sino encontrar el equilibrio entre expresarse y sostener también al otro.