Sostener al que sostiene

Hay una figura silenciosa en muchas familias: la persona que las sostiene. Las rutinas, las emociones de los niños, los horarios imposibles, las…

Sostener al que sostiene

Hay una figura silenciosa en muchas familias: la persona que las sostiene. Las rutinas, las emociones de los niños, los horarios imposibles, las preocupaciones que nadie ve. Muchas veces es la madre. Y muchas veces lo hace incluso cuando por dentro está agotada.

Vivimos en una cultura que espera que las madres puedan con todo. Que sean pacientes, disponibles, organizadas, emocionalmente estables y siempre presentes. Y cuando un día no pueden más, cuando están desbordadas o tienen un mal momento, aparece una sombra rápida y cruel: la culpa.

Una madre puede amar profundamente a sus hijos y, al mismo tiempo, atravesar días emocionalmente difíciles. Puede sentirse saturada, irritada, cansada o sobrepasada. Y si además convive con una sensibilidad emocional intensa o con un trastorno como el TLP, esos días pueden sentirse todavía más abrumadores.

Los niños no crecen rodeados de adultos perfectos. Crecen rodeados de adultos reales. Y, de hecho, lo que más fortalece los vínculos no es la perfección, sino algo mucho más importante: la reparación.

Una madre que se enfada y luego vuelve, que se equivoca y después explica, que se desborda pero intenta recomponerse… está enseñando algo profundamente valioso: que las relaciones pueden atravesar momentos difíciles y seguir siendo seguras.

Por eso sostener a quien sostiene es tan importante. Un mal día, no define a una madre.

A veces no requiere grandes gestos. Requiere cosas pequeñas: escuchar sin juzgar, validar el cansancio, ofrecer ayuda concreta o recordar a esa persona algo que quizá ha olvidado en medio del ruido del día: que está haciendo lo mejor que puede.

También es importante que las propias madres aprendan, poco a poco, a sostenerse a sí mismas en esos días complicados. Bajar las expectativas. Hacer pausas pequeñas. Recordar que las emociones pasan. Y, sobre todo, hablarse con la misma amabilidad que usarían con cualquier otra madre que estuviera luchando.

La psicología lleva décadas estudiando estas dinámicas. Algunos conceptos que ayudan a entenderlas mejor son:

- Madre suficientemente buena (Donald Winnicott): los niños no necesitan perfección, sino una presencia estable que repare los errores.

- Regulación emocional: la capacidad de reconocer y modular las propias emociones cuando se intensifican.

- Validación emocional: reconocer que una emoción tiene sentido en su contexto, sin negarla ni ridiculizarla.

- Reparación del vínculo: la capacidad de restablecer la conexión después de un conflicto o un mal momento.

- Autocompasión (Kristin Neff): tratarse con la misma comprensión que ofreceríamos a otra persona que está sufriendo.

- Mentalización: intentar comprender los propios estados mentales y los de los demás.

- Teoría del apego (John Bowlby, Mary Ainsworth): los niños desarrollan seguridad emocional cuando experimentan relaciones que, aunque imperfectas, son confiables y reparadoras.

Todas estas ideas apuntan en la misma dirección: los vínculos sanos no nacen de la perfección, nacen de la capacidad de volver a encontrarse después de los momentos difíciles.

Es posible que la maternidad no consista en sostener siempre sin fallar. Quizá consiste en algo más humano: sostener, caerse a veces, y encontrar a alguien —dentro o fuera— que nos ayude a levantarnos de nuevo.

Nadie debería tener que sostener el mundo entero sin que, de vez en cuando, alguien también le sostenga a él.

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