El tiempo dejó de tener sentido después de aquello. Mateo dormía a ratos y despertaba sin saber cuánto había pasado. Tenía sed, e dolían las muñecas y la espalda; el cuerpo comenzaba a pesarle de una manera que nunca había experimentado. Pero lo peor no era el dolor; era la espera.
Cada vez que escuchaba un ruido detrás de los paneles, levantaba la cabeza. Cada vez que se encendía una luz, pensaba que alguien iba a entrar. Y cada vez que no ocurría nada, el miedo aumentaba. Entonces comenzaron las grabaciones: Primero fue una frase, después otra, luego una carcajada. Mateo reconoció su propia voz. Alguien había seleccionado fragmentos de sus programas y los había unido de manera que las frases se sucedieran unas a otras. Y ahí estaba su tono burlón, sus interrupciones, sus bromas. Las risas que había provocado a costa de otras personas.
Mateo intentó taparse los oídos, pero fue en vano. Al principio gritó, después insultó, después pidió que pararan, pero nadie respondió. Y mientras tanto, la grabación continuaba. Escuchó su propia voz hablando de víctimas, de familias, de personas a las que jamás había conocido y sobre cuyas vidas había opinado durante minutos como si fueran expedientes sin rostro.
Aquellas frases sonaban diferentes cuando no había nadie riéndose con él. Ya no le parecían ingeniosas, ni provocadoras. Eran crueles.
Mateo cerró los ojos.
—Yo no soy así.
Su propia voz respondió desde los altavoces:
¿Quién sale a pasear de madrugada…?
Mateo abrió los ojos.
—Para.
La grabación siguió.
—No…
¿Esperaba que nada sucediera?
Mateo empezó a llorar.
—Yo no sabía…
Pero aquella explicación tampoco servía, porque él sí sabía algunas cosas. Sabía, por ejemplo, que aquella mujer había muerto, que su familia estaba destrozada, sabía perfectamente que estaba hablando de una persona que no podía responderle; y aun así había decidido utilizar su muerte para conseguir audiencia.
La grabación terminó y Mateo bajó la cabeza.
Por primera vez desde que había empezado el cautiverio, dejó de preguntarse quién estaba haciendo aquello y empezó a preguntarse por qué alguien había sentido la necesidad de hacerle algo así.

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