Este traje ya no me queda bien

Tenía un traje azul. Un azul denso, de esa tela áspera que parece tener memoria y que, en los días largos, terminaba por arañarme la piel. Era una prenda…

Este traje ya no me queda bien

Tenía un traje azul. Un azul denso, de esa tela áspera que parece tener memoria y que, en los días largos, terminaba por arañarme la piel. Era una prenda curiosa, casi orgánica; no era ropa, era una segunda piel que tenía la extraña habilidad de crecer conmigo.

La primera vez que lo vi, yo solo era una niña. En aquel entonces el traje no era mío, lo llevaba alguien en quien yo confiaba, envolviendo su cuerpo como una armadura pesada y grisácea. Poco tiempo después, sin que nadie me preguntara, acabé heredándolo. No hubo instrucciones, ni fecha de caducidad, ni opción a recibo de devolución. Simplemente, un día me desperté y el azul ya cubría mis hombros.

Al principio lo acepté sin dar réplica. Si había estado en la familia durante generaciones, si mis ancestros habían caminado, llorado y sobrevivido con él, parecía natural que yo también lo hiciera. Me sentía incómoda, sí, pero el traje parecía conocer mis medidas exactas antes incluso de que yo las tuviera.

Pasaron los años. Yo crecía y el traje, con una magia oscura, evolucionaba conmigo. Si yo alcanzaba el metro veinte, él se estiraba. Si yo ensanchaba, él se expandía. Era mi refugio y mi prisión. Hubo días en los que intenté rebelarme, mañanas en las que decía: “Hoy no me lo pongo”, y lo lanzaba al rincón más oscuro del armario. Pero al amanecer, allí estaba otra vez, intacto, sobre mi cama, esperando para ser mi carta de presentación ante el mundo.

Ese traje azul fue mi abrigo en los hospitales, mi escudo en las despedidas y mi disfraz en las fiestas. La gente aprendió a conocerme a través de sus costuras. “Esa es ella”, decían, señalando la tela que yo no había elegido pero que me definía.

Pero hace poco, sucedió lo impensable: el traje dejó de cerrarme.

Los botones se negaron a entrar en sus ojales. La cremallera se volvió rígida, la tela se volvió dura. No sé si es que el tejido ha encogido con los años o si es que, por primera vez, he empezado a ocupar un espacio que este diseño ya no puede abarcar.

Y ahora me asalta la duda. Durante toda mi vida, ese azul áspero fue mi refugio. Sin él, me siento a pecho descubierto, expuesta a una intemperie que nunca he pisado.

Afortunadamente, estoy probando hilos nuevos, colores que no reconozco, entalles que no asfixian. Me siento pequeña ante la inmensidad de lo que hay por coser, pero por primera vez, sostengo las tijeras. Ya no espero a que el tejido decida mis medidas; ahora soy yo quien busca su propia forma. 

No sé qué colores vestiré mañana, solo sé que las costuras, por fin, van a ser mías.

Si esto te resonó, hay más.

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