El valor de tener propósito: aprender a ponerse objetivos realistas

Cuando los objetivos se convierten en una trampa Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a mejorar constantemente: hacer más deporte, ser más…

El valor de tener propósito: aprender a ponerse objetivos realistas

Cuando los objetivos se convierten en una trampa

Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a mejorar constantemente: hacer más deporte, ser más productivos, aprender idiomas, cuidar la alimentación o aprovechar mejor el tiempo. La intención suele ser buena, pero a menudo olvidamos algo importante: los objetivos necesitan ser realistas para poder sostenerse en el tiempo.

Con frecuencia escuchamos frases como “quiero cambiar muchas cosas de mi vida”. Sin embargo, cuando se profundiza un poco más, muchas veces aparecen metas demasiado ambiciosas o poco concretas. Queremos cambiar demasiadas cosas a la vez o hacerlo demasiado rápido.

Cuando las metas son poco realistas, lo que aparece no es motivación, sino frustración. Y con ella, la sensación de estar fallando.

El propósito como punto de partida

Por eso, antes de pensar en objetivos concretos, resulta más útil detenerse en algo más profundo: el propósito.

El propósito funciona como una brújula. No nos dice exactamente cada paso que debemos dar, pero sí nos orienta hacia una dirección. Cuando una persona tiene claro qué le importa —su bienestar, su familia, su desarrollo personal o su forma de contribuir a los demás— resulta mucho más sencillo tomar decisiones coherentes con esa dirección. No se trata de tener un plan perfecto. Se trata de saber hacia dónde queremos ir.

Del “por qué” al “para qué”

A menudo buscamos explicaciones profundas para todo lo que hacemos. Nos preguntamos constantemente por qué queremos algo, por qué nos sentimos de cierta manera o por qué deberíamos cambiar.

El problema es que el “por qué” mira hacia atrás. Intenta encontrar una explicación que a veces no existe o que acabamos construyendo para sentirnos más tranquilos. En ocasiones puede ser útil, pero también puede dejarnos atrapados en preguntas que no siempre tienen una respuesta clara.

El “para qué”, en cambio, mira hacia delante.

Preguntarnos para qué quiero hacer esto nos conecta con la dirección en la que queremos movernos. No exige una explicación perfecta, solo una intención.

Por ejemplo, alguien puede preguntarse por qué debería empezar a cuidarse más, y quizá no encuentre una respuesta muy convincente. Pero si se plantea para qué quiere hacerlo —para tener más energía, para sentirse mejor consigo mismo, para estar más presente con su familia— la motivación suele cambiar.

El poder de las metas pequeñas

Una vez que existe una dirección clara, los objetivos pueden aparecer de forma más natural. Y aquí aparece una idea clave: las metas pequeñas suelen ser más eficaces que las grandes transformaciones.

La psicología motivacional ha demostrado que los objetivos específicos, alcanzables y conectados con valores personales generan mayor persistencia. No solo importa lo que queremos conseguir, sino para qué lo queremos conseguir.

Si el propósito es cuidar la salud, quizá no sea necesario empezar con una hora diaria de ejercicio. Tal vez sea suficiente con caminar veinte minutos tres veces por semana. Puede parecer poco, pero es un comienzo realista. Muchas veces eso es exactamente lo que necesitamos: un comienzo posible.

Lo que los niños aprenden cuando nos ven intentarlo

Este enfoque también tiene un valor especial cuando pensamos en los niños. Ellos aprenden mucho más de lo que observan que de lo que escuchan.

Cuando un adulto se plantea metas realistas, acepta los errores y vuelve a intentarlo, está transmitiendo una lección importante: crecer no significa hacerlo todo perfecto, sino seguir avanzando.

En lugar de enseñarles que siempre deben lograr grandes resultados, quizá podamos enseñarles algo más valioso: que es suficiente con orientarse hacia aquello que tiene sentido para ellos.

Una brújula, no un mapa perfecto

En un mundo que a menudo premia la rapidez y los resultados inmediatos, recordar el valor del propósito puede ser especialmente útil.

Tener propósito no significa tener todas las respuestas ni un plan perfectamente definido. Significa simplemente tener una dirección.

Como una brújula.

Y a veces, avanzar un poco en esa dirección ya es suficiente.

Referencias

Locke, E. A., & Latham, G. P. (2002). Building a practically useful theory of goal setting and task motivation. American Psychologist, 57(9), 705–717.

Ryan, R. M., & Deci, E. L. (2000). Intrinsic and extrinsic motivations: Classic definitions and new directions. Contemporary Educational Psychology, 25(1), 54–67.

Duckworth, A. (2016). Grit: The power of passion and perseverance. Scribner.

Seligman, M. E. P. (2011). Flourish: A visionary new understanding of happiness and well-being. Free Press.

Si esto te resonó, hay más.

Una vez al mes envío un ensayo que no verás en redes. Sin ruido, sin urgencia. También puedes seguir la conversación en Instagram.

Seguir en Instagram Explorar más entradas