Ponerle nombre a lo que nos ocurre ayuda a comprenderlo, pero el problema empieza cuando ese nombre acaba sustituyendo al nuestro.
Quiero recuperar una frase bíblica (Isaías 43:1) que dice: “Te he llamado por tu nombre; tú eres mío”, y llevarla a la psicología con una pregunta directa: ¿por qué necesitamos nombrar lo que nos pasa?
Ponerle nombre a lo desconocido tranquiliza. A veces llevas meses o años sintiendo cosas difíciles de explicar, reaccionando de formas que no entiendes o atrapada en los mismos patrones. Sufres y no sabes por qué. En esa búsqueda, dar con un diagnóstico o una etiqueta hace que las piezas encajen. No borra el malestar de golpe, pero al menos te dices: “Ahora entiendo qué me pasa”.
Un diagnóstico tendría que usarse como un mapa, pues sirve para entender determinados patrones, dar con el tratamiento adecuado y dejar de pensar que somos “raros”, “débiles” o “incapaces”. Nos ayuda a mirar atrás y ponerle palabras a lo que dolía a oscuras.
El riesgo aparece cuando el mapa deja de ser una guía y se convierte en nuestra identidad: “Yo soy esto”.
La distancia entre tener y ser no es un detalle secundario del lenguaje. Una persona siempre es más compleja que cualquier etiqueta clínica. Si te miras únicamente a través del diagnóstico, acabas justificándolo todo desde ahí: “Reacciono así porque tengo X”, “Siempre seré así” o “No puedo cambiar”. Y lo que empezó como una explicación acaba funcionando como una condena.
Ahí está la paradoja. El diagnóstico alivia la culpa, pero también puede cerrar puertas. Ocurre cuando pasa de ser una herramienta de comprensión a una excusa comodín que no deja espacio para las contradicciones, el aprendizaje o el cambio.
Puedes tener dificultades para regular tus emociones y ser alguien profundamente empático. Puedes haber pasado años desorientada y terminar encontrando un rumbo. Un diagnóstico describe un fragmento de la experiencia, jamás agota la identidad.
Por eso me gusta tanto la idea de llamar a alguien por su nombre. Por su nombre real, no por su síntoma, ni por su crisis, ni por su peor momento.
La psicoterapia tiene mucho de esto: nos ayuda a separar lo que nos pasa de quienes somos. Hay trastornos reales, síntomas incapacitantes y procesos que requieren medicación, apoyo y cuidados durante mucho tiempo. Aceptar esa realidad es perfectamente compatible con recordar que ninguna condición clínica tiene derecho a adueñarse de lo que eres.
Podemos aceptar la vulnerabilidad sin convertirla en destino. El nombre que le ponemos a nuestro sufrimiento no puede ser el nombre con el que nos llamemos a nosotros mismos.
Así que, cuando hables de ti, hazlo por tu nombre.
