El autodiagnóstico en la era del algoritmo: ¿Validación o etiqueta vacía?

Después de la polémica generada por una TikToker y su vídeo transitando un supuesto meltdown, me he visto en la necesidad de abrir debate sobre este tema.…

El autodiagnóstico en la era del algoritmo: ¿Validación o etiqueta vacía?

Después de la polémica generada por una TikToker y su vídeo transitando un supuesto meltdown, me he visto en la necesidad de abrir debate sobre este tema.

Hoy en día, basta un vídeo de 30 segundos con la frase “Si haces esto, tienes TDAH” para que alguien sienta que, por fin, ha encontrado su lugar en el mundo. Como persona que vive con un diagnóstico real de neurodivergencia, no escribo esto desde la crítica, sino desde la preocupación: se nos está yendo de las manos porque estamos confundiendo patología con identidad.

Estamos en un momento histórico donde nos sentimos profundamente perdidos. Hay una falta de propósito generalizada, un vacío existencial que no sabemos si viene de un fallo en el aprendizaje, del desarrollo o de un sistema que nos desconecta de lo humano. Y en medio de esa deriva, la etiqueta de salud mental aparece como un salvavidas.

Ponerse una etiqueta se ha convertido en una forma de externalizar la responsabilidad. Si “soy así porque mi química cerebral lo dicta”, entonces ya no soy yo quien debe gestionar mi falta de disciplina o mi dificultad para relacionarme. Es cómodo, pero peligroso. Es mucho más fácil identificarse con un trastorno que construir una identidad propia basada en valores, talentos o proyectos. Lo primero viene dado por una prueba de internet en cinco minutos; lo segundo requiere años de introspección y el coraje de admitir que estamos perdidos.

Estamos convirtiendo respuestas normales al estrés o rasgos de la personalidad en trastornos. Si todo es un trastorno, nada lo es. Al autodiagnosticarnos a la ligera, banalizamos el sufrimiento de quienes viven con diagnósticos graves que realmente incapacitan. A veces buscamos una etiqueta porque es más fácil decir “tengo X” que aceptar que simplemente somos impacientes, desordenados o melancólicos.

Incluso los profesionales, en su afán por desestigmatizar, han caído en la trampa. Han pasado de los manuales densos a los “5 signos de que tienes trauma”. Al simplificar tanto el cuadro clínico para que sea “identificable” en TikTok, han creado una red tan grande que es casi imposible que alguien no caiga en ella. El problema es que mucha gente se queda ahí: se identifica, siente el alivio de la etiqueta y deja de buscar el diagnóstico real o el remedio. Se quedan a vivir en el síntoma porque es lo único que les da una identidad.

Lo más grave de esta tendencia es el daño colateral que sufren quienes viven con una neurodivergencia real y severa. Al convertir el diagnóstico en una etiqueta masiva, hemos creado un problema que asfixia la verdadera necesidad. Hoy, quienes realmente lo padecen son juzgados, acusados de fingir o silenciados bajo el argumento de que ‘ahora todo el mundo tiene algo’. Esta banalización no solo impide la comprensión, sino que además empuja al aislamiento a quienes más apoyo necesitan. Mientras las redes celebran la etiqueta, la realidad de la neurodivergencia se vuelve, paradójicamente, más invisible y solitaria que nunca.

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