“¿Por qué eres así?”

¿Por qué exploto si ya sé lo que debo hacer? Es la gran frustración: tienes las herramientas, has ido a terapia, pero llega el "huracán" y todo vuela por…

“¿Por qué eres así?”

¿Por qué exploto si ya sé lo que debo hacer?

Es la gran frustración: tienes las herramientas, has ido a terapia, pero llega el “huracán” y todo vuela por los aires. Y te preguntas si lo que sucede es que no has aprendido nada… Y es que tengo que darte una buena noticia: Sí lo has hecho, pero es que tu cerebro ha entrado en modo emergencia.

En este punto, entran en juego tres conceptos:

-          La vulnerabilidad

Imagina que tu capacidad de aguantar es un vaso. Hay días que te despiertas con el vaso casi lleno de estrés, falta de sueño o cambios hormonales. Solo hace falta una gota (un ruido, un comentario) para que desborde. No es falta de voluntad, es agotamiento del sistema.

-          El secuestro amigdalino

En plena crisis, la parte de tu cerebro que piensa y razona “se apaga”. Toma el control la amígdala, que es como un detector de humos que ha decidido que hay un incendio total. En ese estado, tu cerebro no te deja reflexionar; solo te deja sobrevivir.

-          El cansancio de “ser fuerte”

Autorregularse cansa, mucho. Si llevas toda la semana “disimulando”, haciendo masking o aguantando el ruido del mundo, llega un momento en que el motor deja de funcionar, simplemente no puedes más.

Luego sientes que todas las herramientas que has trabajado en terapia fallan, que la respiración o la lógica no sirven de nada. Y tienes razón: a veces no sirven.

Si tu emoción está en un nivel 10, una técnica suave no te va a frenar. Ahí necesitas estrategias de choque para el cuerpo, no para la mente: agua muy fría en la cara, hielo en las manos o un esfuerzo físico explosivo. Necesitamos resetear el cuerpo para que la mente vuelva a conectar.

Otras veces caes en la trampa de usar una técnica para que el dolor se vaya ya. Y cuando el dolor sigue ahí, te frustras. Pero la herramienta no es un interruptor de “apagado”; es un paracaídas. El paracaídas no evita que caigas, pero evita que te estrelles contra el suelo.

Cuando estás en crisis, ocurre la fusión cognitiva. Dejas de sentir tristeza para ser la tristeza. Se te olvida que la crisis es un evento con hora de inicio y hora de final.

Y entonces, ¿cómo dejo de castigarme?

  1. Acepta que eres un sistema vivo, no una máquina: Las máquinas se rompen, pero los humanos fluctuamos. Una caída no borra lo que has avanzado. Todo lo que has aprendido sigue en tu “disco duro”, aunque hoy el sistema no tenga energía para ejecutar el programa.
  2. Piensa como un científico, no como un juez: En lugar de decirte “soy un desastre”, pregúntate:
  • ¿Qué había hoy distinto a ayer? (¿Dormí menos? ¿Había más ruido?)
  • ¿Cuál fue la chispa exacta?
  • ¿Qué recurso me faltó para frenar a tiempo? Esto te devuelve el control sin el peso de la culpa.
  1. Reparar en lugar de castigar: El castigo te hunde en el sofá y te quita la energía. La reparación te pregunta: “Vale, ya me he caído. ¿Qué necesita mi sistema ahora para volver al centro?”. Tal vez sea pedir perdón, tal vez sea silencio, o tal vez sea simplemente dormir para resetear la batería.

Recuerda que tu valor no se mide por la ausencia de crisis, sino por la honestidad con la que te tratas después de ellas. Ser humano implica aceptar que habrá días de sombra y días de luz.

Hoy has elegido protegerte y darte espacio; eso no es una derrota, es una victoria de tu autoconocimiento. Tu progreso es real y sigue ahí, intacto, esperando a que la tormenta pase para que puedas volver a verlo. Mañana será otro día para empezar de nuevo, con la misma valentía de siempre.

Si esto te resonó, hay más.

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