La sobrecarga de la batería social: Lo bueno también nos agota

Piensa en esta situación: organizas un encuentro en casa o asistes a un evento. Viene gente a la que aprecias de verdad, la conversación fluye, no hay…

La sobrecarga de la batería social: Lo bueno también nos agota

Piensa en esta situación: organizas un encuentro en casa o asistes a un evento. Viene gente a la que aprecias de verdad, la conversación fluye, no hay conflictos y disfrutas genuinamente del momento. Todo sale a la perfección. Sin embargo, al día siguiente sientes que te ha pasado un camión por encima. El cuerpo te pesa, la mente está nublada y te cuesta horrores arrancar.

Y piensas: “¿Qué me pasa?”

Caemos constantemente en la trampa de creer que el cansancio social solo debería aparecer tras un conflicto o cuando interactuamos con personas que nos resultan tóxicas. Pero a nuestro cerebro, en el fondo, le da igual si la estás pasando mal o si estás disfrutando. Él no mide nuestro cansancio por el nivel de diversión, sino por la cantidad de procesamiento activo y regulación que hemos tenido que realizar.

Encontramos en este punto, el concepto del masking o camuflaje social.

A menudo se asocia el masking con la mentira o la falsedad, pero no es eso en absoluto. Hacer masking significa, simplemente, tener que procesar la interacción social de forma manual en lugar de automática. Cuando interactuamos, especialmente en el rol de anfitriones o intentando encajar en una dinámica grupal, nuestro cerebro está haciendo malabares invisibles.

Reprimimos nuestros estados naturales (como el impulso de desconectar la mirada o relajar la expresión facial hacia una cara más “plana”) y, simultáneamente, compensamos: forzamos ligeras sonrisas para que el otro se sienta cómodo, monitorizamos el tono de voz, calculamos los tiempos de respuesta y nos aseguramos de que el ambiente sea acogedor.

El sociólogo Arlie Hochschild lo bautizó en los años 80 como trabajo emocional: el enorme esfuerzo de inducir o suprimir sentimientos para mantener un semblante que produzca comodidad en los demás. Y ese trabajo, aunque se haga con amor y hacia personas que valoramos, nos pasa factura.

Durante el evento social, nuestro cuerpo segrega adrenalina y cortisol (un estrés positivo o eustrés) para mantenernos alerta y entusiastas. Pero cuando la puerta se cierra y el encuentro termina, el sistema nervioso simpático se apaga de golpe, cediéndole el control al sistema parasimpático, el encargado del descanso. Esa caída en picado es lo que provoca la “resaca social”. Tu cuerpo te apaga, para intentar recuperar su estado de equilibrio tras haber estado en alerta sostenida.

Es importante entender que la energía física no es la misma que la energía social. Puedes haber dormido tus ocho horas y tener los músculos descansados, pero si tu batería de regulación emocional está al 0%, obligarte a funcionar al día siguiente es como intentar arrancar un coche empujándolo cuando se ha quedado sin batería interna. Avanzas, sí, pero a costa de un esfuerzo descomunal.

Si hoy te sientes así tras un fin de semana lleno de buenos momentos, no te culpes. Tu sistema nervioso ha hecho su trabajo y ahora tu propio cuerpo lo está compensando. Deja que la tormenta pase y que todo vuelva a su lugar.

 

No hay nada roto, únicamente hoy te toca sostenerte a ti mismo.

cansanda

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